El boxeo argentino y la sociedad toda despiden hoy a una leyenda: Alejandra Marina “Locomotora” Oliveras falleció este lunes a los 47 años en el Hospital José María Cullen de Santa Fe, tras haber permanecido internada en estado crítico desde el 14 de julio por un ACV isquémico. Su muerte marca el final de una vida intensa, marcada por la lucha, los golpes de la vida y una resiliencia que la convirtió en mucho más que una campeona.

Oliveras fue una de las figuras más relevantes del boxeo femenino nacional e internacional. A lo largo de su carrera consiguió seis títulos mundiales en cinco categorías diferentes, y su récord profesional fue de 33 victorias (16 por KO), 3 derrotas y 2 empates. Su estilo arrollador, su pasión dentro y fuera del ring, y su historia de superación la convirtieron en un ícono.

Nacida en El Carmen, Jujuy, en 1978, su vida estuvo atravesada por la pobreza extrema, el hambre y la violencia. Desde muy pequeña, Alejandra trabajó con su padre en el campo y sobrevivió en condiciones adversas. Aprendió a manejar un tractor antes que una bicicleta. Comía palomas cuando no había pan. Y sin embargo, soñaba en grande: quería ser abogada, cantante, karateca y astronauta. No pudo estudiar, pero encontró en el boxeo una vía para defenderse… y para volar.

Su carrera deportiva estuvo acompañada por momentos memorables y polémicos. Su primera derrota, ante Marcela «La Tigresa» Acuña en el Luna Park en 2008, sigue siendo recordada por el golpe antirreglamentario que recibió y por sus acusaciones de arbitraje injusto. Aun así, la Locomotora siguió adelante y acumuló títulos y respeto. En 2024 fue incorporada al Salón de la Fama del Boxeo Sudamericano, y sus cinturones fueron exhibidos en la Fundación Eira, dedicada a jóvenes en recuperación.

Alejandra también fue una sobreviviente de la violencia de género. En varias entrevistas relató cómo escapó de una pareja violenta y cómo ese hecho la motivó a entrenarse y cambiar su destino. “Esta es la última vez que me pegan”, dijo, y desde entonces transformó su dolor en una energía que la hizo invencible.

En los últimos años, Oliveras se volcó a brindar charlas motivacionales, se convirtió en influencer y comenzó a estudiar psicología en la Universidad de Morón. Su propósito era ayudar a los demás desde su experiencia, ofrecer contención, acompañamiento y palabras de aliento. En redes sociales se convirtió en una referente para muchas personas que buscaban inspiración para seguir adelante.

La Locomotora también soñaba con llevar su historia al cine y hasta tenía en marcha un proyecto teatral con ring incluido. “No vine a este mundo al pedo”, decía. Y nadie que haya conocido su historia puede ponerlo en duda.

El día de su internación, Alejandra debía participar como representante del Frente de la Esperanza en la Convención Reformadora de la Constitución de Santa Fe. Tenía un rol político activo, con proyectos sociales y legislativos. Su vida era lucha en todos los frentes.

Alejandra Oliveras no fue solo una boxeadora excepcional. Fue una mujer que nunca se rindió, que enfrentó la miseria, la violencia, la injusticia y la adversidad con coraje, puños y corazón. Hoy se va una campeona, pero queda su mensaje, su historia y su legado: “Podés tener una vida de mierda por tus decisiones o una vida fantástica porque luchás. El ganador es quien nunca se rinde”.